domingo, 31 de marzo de 2013

Diez Ovejas ( extracto de Sangre en la Puebla, intento de novela)


Diez Ovejas

 

Alba temblaba bajo el agua de la ducha. Se frotó con vigor varias veces hasta asegurarse que no quedaba resto de sangre en sus manos. Además del nerviosismo que no la había abandonado desde que entró en casa de su amiga fallecida,  otra inquietud la embargaba. Más ligera, pero no menos importante. El agente  ante el cual prestó declaración, la sometió a intensos escrutinios mientras ella relataba los sucesos de esa madrugada. Sus ojos apagados  parecían capaces de traspasar cualquier muro. A pesar de estar viviendo unos de los peores momentos de su vida, una risa nerviosa escapó de su boca al recordar el apellido que había dicho cuando se presentó, Diez Ovejas.

Dentro de la comandancia, el susodicho miraba la declaración de Alba,  mientras pensaba que era una lástima no poder invitarla a un café. Sospechosa de asesinato nada menos. ¿Porqué las criaturas más bellas suelen llevar el mal pegado a sus espaldas? Apagó el monitor y se estiró cuan largo era. Le dolían hasta las cejas. En unos minutos llegaría su relevo. El agente Pacheco. Intuitivo, rastreador nato. Leal y buen amigo. No quería que viese esa luz que se había encendido en sus pupilas. No era nada bueno que viera esa mirada tan vívida. Porque sabía que estaba perdido. Pacheco sin decir una palabra haría que le contara los acontecimientos de esa noche y con un asomo de sonrisa torcida le indicaría que iba por un camino sin retorno. Mostraría su cara, como esos viejos carteles de la carretera, silenciosos y ajados a un lado del mundo. Esos a los que nadie le echa más que una breve ojeada, pero su presencia allí es fundamental para no perderse en encumbrados callejones sin salida. Cuando  asomara el día, dejaría que soltara la lengua con  un descafeinado de cincuenta céntimos y se quedaría tan ancho.

Tienes que decir la verdad

´¿ Pero qué verdad?’

Esa verdad

Se despertó sobresaltada, mientras recordaba esas palabras producto de un mal sueño. Necesitaba la verdad para que el crimen de su amiga se resolviera cuanto antes  y no quedara impune como tantos otros asesinatos. ¿Pero qué verdad? Ella no recordaba que había sucedido en casa de Clara, después de haber descubierto el cadáver.

El agente Diez Ovejas no dejaba de aparecer en su mente. No solo utilizaba esos ojos de un color apagado, pero asombrosos cuando se posaban en ella. También el resto de su cuerpo la observaba con intensidad. El recuerdo del  color de la sangre entre sus dedos la devolvió a la realidad y pensó que era una lástima no poder  tomar un café con ese policía. Se sentía extrañamente protegida a su lado.

4 comentarios:

TIGUAZ dijo...

Un buen relato, Ana, tiene un algo que engancha. Un beso para cada una.

Susana Jiménez dijo...

¿y entonces? ay no Ana quiero más. Hazla recordar y esos ojos de color apagado que perturban? que descubren ?
jajaja me encanta leerte, bueno, muy bueno pero quedé en punta como dicen en mi país.
Un abrazo y no te pierdas tanto

Maria Jesus dijo...

Me alegro de que hayas retomado esta historia.
Me gustaron los anteriores capítulos que como bien sabes me engancharon y me gusta este,asi que.. para cuando el siguiente? espero que pronto.
Un besazo enorme.

Ana dijo...

Muchisimas gracias a los tres,por pasaros y dejar vuestra calida huella y apoyo de siempre. Estos dias ando con escaso tiempo pero en cuanto me libere un poco,os visitare en vuestras casitas para disfrutar de lo que escribis.
Un abrazo inmensoo!